La vida de superlujo que tanto le gusta al príncipe Carlos resulta harto incompatible con sus veleidades ecologistas. El crucero de ensueño por el Caribe, que el heredero al trono y su esposa Camila están realizando desde principios de esta semana, tiene un coste estratosférico para el planeta, que los portavoces del heredero al trono han tratado de camuflar. La pareja ha elegido un superyate para sus desplazamientos por cinco islas caribeñas, argumentando que esta forma de transporte era mucho más barata que el avión y menos perniciosa para el medio ambiente.
Los ilustres visitantes llevan un séquito de 14 personas, a los que hay que sumar 24 miembros de la tripulación. Las organizaciones ecologistas se han puesto a echar cuentas y han llegado a la conclusión de que el crucero recorrerá unas 1. 500 millas y que se consumirán 75. 000 litros de gasóleo que descargarán en la atmósfera 200 toneladas de dióxido de carbono, o lo que es igual, el equivalente a 260 vuelos transatlánticos entre Londres y Nueva York.
En Clarence House insisten en que "el nivel de las emisiones a la atmósfera es considerablemente inferior, al de la otra opción, que era trasladarse en avión entre las diferentes islas". También niegan, muy enojados, que en realidad se haya optado por el superyate porque a la duquesa de Cornualles le da miedo volar y es algo que trata de evitar siempre que puede. Camila conoce bien los placeres del Leander. El año pasado buscó refugio a bordo de esta embarcación cuando su nombre fue tachado de la lista de invitados en los actos celebrados en recuerdo de Diana de Gales, al cumplirse 10 años de su muerte. Carlos ha ordenado a todos sus empleados, que revisen el medio de transporte con el que acuden cada día al trabajo y elijan el que menos consuma y contamine. Él, sin embargo, sigue conduciendo un precioso y superdeportivo Aston Martin, como en los viejos tiempos.
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