Fidel Castro, el hombre que condujo el destino de Cuba durante medio siglo con el anhelo de ganarse un lugar en la Historia, anunció ayer, a los 81 años y en medio de una grave enfermedad, que no puede permanecer en el cargo.
En la historiografía revolucionaria figura con mayúsculas la consigna que dio a conocer a Castro al mundo: "Condenadme, no me importa, la Historia me absolverá", pronunciada en 1953 ante el tribunal que le condenó por el asalto al Cuartel Moncada, su primera acción armada contra la dictadura de Fulgencio Batista.
"Si tuviera que empezar de nuevo, enfilaría el mismo camino revolucionario. No puedo darme por satisfecho del todo con lo logrado; siempre tendré la sensación de que pude hacerlo mejor", confesó años después al comandante sandinista nicaragüense Tomás Borge.
La severa educación recibida de su padre le influyó tanto, según sus biógrafos, como la religiosidad de su madre y sus años de estudio con los jesuitas en La Habana. Los jesuitas marcaron decisivamente su carácter antes de pasar a la Universidad, donde se forjó como líder estudiantil mientras concluía su carrera de Derecho y comenzaba sus andanzas políticas.
Comunismo caribe. Castro creó en Cuba un comunismo caribe con las recetas de Marx y Lenin, el legado de José Martí y una gran dosis de aportaciones propias, que dio como resultado un sistema único en el mundo.
El líder en el poder más antiguo de Occidente, con excepción de la Reina Isabel II, tuvo una larga lista de cargos: entre otros, presidente del Gobierno, de los Consejos de Estado y de Ministros, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y primer secretario del Partido Comunista de Cuba.
Aunque siempre negó que en Cuba existiera el culto a la personalidad, apuntan lo contrario el rosario de títulos que acumuló y la constante adulación de los medios oficiales y los altos funcionarios hacia su persona.
En la isla no hay estatuas de Castro, ni de ninguno de los héroes de la revolución vivos, pero los retratos de Fidel, y en menor grado de su hermano Raúl, cuelgan de despachos oficiales, empresas y restaurantes. Sus frases aparecen en muros y carteles por todo el país y son continuas las alusiones a sus discursos en los medios de comunicación cubanos, todos estatales.
Ni EEUU, su principal obsesión, ni sus enemigos internos, ni siquiera la caída del bloque soviético hace casi tres décadas, pudieron apartarle del poder durante más de 47 años. Fue una grave enfermedad la que le obligó a delegar funciones en su hermano menor y segundo hombre del régimen, Raúl, el 31 de julio de 2006. Esa misma enfermedad le ha llevado a anunciar ahora que ya no asumirá más la jefatura del Estado.
País con muchas asignaturas pendientes y muy corta historia como Estado libre tras la independencia de España en 1898, Cuba encontró en Castro un caudillo que parecía capaz de darle una identidad, acabar con las desigualdades históricas y abrir la puerta del futuro. Miles de cubanos le apoyaron desde el desembarco del yate Granma en 1956, celebraron su triunfo el 1 de enero 1959 y se entregaron incondicionalmente al proyecto revolucionario.
Castro introdujo en la isla reformas sociales, educativas y sanitarias sin comparación en América Latina en la época y colocó a Cuba en la agenda internacional. Al mismo tiempo, se afianzaba en un poder que ya nunca ha querido dejar y que le ha valido numerosas críticas por sus métodos dictatoriales.
El mayor enemigo. En cuanto a sus enemigos, se ha ganado como nadie el mayor que se puede tener: EEUU. Castro ha visto pasar por la Blanca a diez presidentes y no ha cesado de criticar sus políticas.
El enfrentamiento con Washington y las campañas en áfrica y Centroamérica distrajeron de los problemas cotidianos a los cubanos, que un día se despertaron con un país colapsado tras la caída del bloque soviético. A día de hoy, el país intenta sobrevivir a los problemas acumulados durante décadas, muchos de ellos causados por el bloqueo, y a las desigualdades provocadas por las contradicciones de su modelo.
|