Carlos (que en bañador hasta el varón más distinguido parece un hamaquero, con mis respetos para los que pasan el verano trabajando de sol a sol y aguantando impertinencias estivales) navega estos días por aguas gaditanas. En el puerto de Sotogrande planta el yate y repite escenas veraniegas, con las gafas de cerca leyendo el periódico, disfrutando de un piscolabis en cubierta y pare usted de contar a lomos de la que parece ser su patria chica de agosto a agosto.
Pero entre las idas y venidas, de proa a popa, de babor a estribor, el ritual se interrumpe sólo cuando echa una mirada a la bandera de España, con porte firme y hasta con caricia incluida a la enseña de la madre patria, la que ennoblece a su progenitora, la duquesa de Alba. El yate, como está mandado, va provisto de la bandera de puerto a puerto. Y él, cual guardián descamisado, parece velar porque ondee con fuerza y no se enrosque en el mástil. (Que ya se sabe cómo se las gasta el levante por la bahía gaditana. Si se descuida acaba colgando de la punta de un árbol en Pernambuco).
Ahora el duque de Huéscar mata las horas muertas, rodeado de la tripulación, en uno de los puntos calientes donde se reúnen las fortunas, una esquina de ese triángulo de las bermudas (del pantalón corto, se entiende) que dibujan Ibiza, Marbella y Sotogrande. Que Palma de Mallorca es otro cantar. Quién sabe si aprovechará la cercanía con la Milla de Oro para visitar a su madre en un golpe de timón. O si la duquesa, que en verano acumula puntos de vuelo para cruzar el charco tres o cuatro veces, sigue por estos lares. Cayetana, tras destapar su estrella en el bulevar de la Fama de Puerto Banús, hasta encontró un hueco para entregar su donativo a la Cruz Roja. Lo siguiente será, si el oráculo anda en onda, una tarde en los toros. Se aceptan apuestas...
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