La renuncia de Fidel Castro debe entronizar a Cuba en el siglo XXI, consolidar su política social y permitir una democracia con plena vigencia de los derechos humanos. El retiro del jefe de Estado cubano, Fidel Castro Ruz, obliga a rememorar los antecedentes, para atisbar el rumbo que seguirá la más radical revolución de América Latina desde la independencia. Sus orígenes, que pueden ubicarse en el viaje del yate Granma, las victorias de Sierra Maestra o el ingreso a La Habana el 1 de enero de 1959, solo corresponden a una de las luchas contra las oprobiosas dictaduras del continente.
Un segundo capítulo fue la consolidación revolucionaria, la incomprensión del proceso por parte de los EE. UU. y la alineación con la Unión Soviética hasta la crisis de los misiles de 1962. Luego de este suceso, el proceso se nacionalizó, fue garantizado en el entorno de la Guerra Fría y matizó su influencia hasta extinguirse en el resto de Latinoamérica. La última etapa fue sobrevivir al bloqueo estadounidense, reprimir toda disidencia y mantenerse como un referente revolucionario.
Por eso, es pertinente repasar situaciones similares que se produjeron al final de la URSS. En ese entonces, se registran diferentes casos de transición estructural: ordenadas (Checoslovaquia, Alemania Oriental o Hungría); complejas (Ucrania, Bielorrusia y otras antiguas repúblicas soviéticas); violentas (Yugoslavia) e imposibles (Chechenia). Nada es igual ni se repite, pero las experiencias aportan.
Aunque en la situación cubana hay elementos predecibles como un debilitamiento del bloqueo de los EE. UU. y una apertura al capital exiliado en Miami, es difícil prevenir el escenario político, máxime si se carece de un líder de la magnitud del que parte y es probable que la vieja guardia comunista se resista a una transformación generacional.
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